Pero la maldad de la doncella tuvo su merecido castigo. La mujer prendose de uno de los caballeros que retenía, un hermoso y valiente joven de veinticuatro años natural de Creta. La doncella, perdidamente enamorada, lo hizo Señor de la isla y de su persona. Durante un tiempo disfrutaron de su relación: ella por el amor, él por los beneficios materiales y el lujo que ella le proporcionaba más que por el disfrute de la doncella que era más bien fea. Con el paso del tiempo, el cretense comenzó a aburrirse de vivir en tan apartada isla y le vinieron deseos de abandonarla. Para conseguir que la doncella le liberara del encantamiento que lo mantenía prisionero, comenzó a mostrarse cada vez más enamorado y apasionado. Así ella creería que no eran necesarios más embrujos que lo mantuvieran a su lado. Tanto porfió y tan bien hizo el engaño que convenció a la doncella de la intensidad y verdad de su amor. Ella le liberó del yugo mágico. Una tarde, cuando visitaban una alta peña en su habitual paseo romántico, el caballero empujó a la doncella que se precipitó al abismo y murió despeñada. Luego, el caballero arrambló con cuanto pudo llevarse y partió de vuelta a Creta. Los moradores de la isla también la abandonaron y ésta quedó desierta. El cretense, sin embargo, no pudo llevarse un tesoro por estar encantado. El tesoro quedó escondido en una cámara secreta. Desde entonces muchos han querido entrar en ella y apoderarse del tesoro, pero nadie lo ha conseguido. La cámara está cerrada con herméticas puertas. Sobre ellas, en letras rojas como sangre, puede leerse que las puertas se abrirán si alguien es capaz de sacar una espada que está clavada hasta la empuñadura en esa puerta.
sábado, 19 de febrero de 2011
viernes, 18 de febrero de 2011
Libro IV, Capítulo 130 (1 de 10)
Amadís y Grasandor descansan unos días en la Ínsula de la Torre Bermeja en amistosa compañía. Amadís siempre con la mente puesta en su amada Oriana...[aquí viene una pequeña disgresión sobre los amores verdaderos y honestos]
Ambos salen a dar su habitual paseo matutino y llegan a una alta peña. Desde allí ven arribar una nao al puerto. Piden informe sobre ella. Les dicen que se trata del mayordomo de Madasima. Viene de estar con Galaor y Galvanes. Amadís, ansioso por tener noticias de su hermano, baja rápidamente a recibirlo. El mayordomo se llama Nolfón. Se sorprende mucho de encontrar a Amadlis en la Ínsula de la Torre Bermeja, porque conocía de su enemistad con Balán (es de todos conocido que Amadís mató a su padre). Nolfón le pregunta como es posible que esté en este lugar tan plácidamente. Amadís le dice que ya le contará pero antes quiere saber como les va a Galaor y Galvanes. Nolfón le cuenta como Galaor y Dragonís reclutaron gente de Sobradisa mientras Galvanes lo hacía en la ínsula Mongaza. Acordaron reunirse en un islote llamado la Peña de la Doncella Encantadora. Amadís ya conocía esta isla por Gavarte del Val Temeroso, que había pasado junto a ella. Gavarte, en aquel tiempo, estaba enfermo y su estado le impidió visitarla, pero le contaron que está llena de prodigios y los que la probaron "fallecían de la acabar"(?).
Nolfón le cuenta que en esa isla vivía una doncella, señora de la peña, ducha en artes mágicas y de nigromancia. En ella moraba, rica y hermosa. Durante muchos años la isla era frecuentada por numerosas embarcaciones que hacían el trayecto desde Irlanda, Noruega y Sobradisa hasta las Ínsulas de las Landas y la Profunda Ínsula. La doncella, gracias a sus mágicos poderes, retenía todos estos barcos con encantamientos. Tomaba cuanto le apetecía de lo que transportaban y retenía cuanto quería a los caballeros que en ellos viajaban. Para entretenerse les obligaba a luchar entre ellos, forzándoles en ocasiones a morir en el combate.
lunes, 7 de febrero de 2011
Libro IV, Capítulo 129 (6 de 6)
Landín llegó al monasterio y encontró a su primo malherido tras su desafortunado encuentro con los tres hermanos. Eliseo le contó como fue atacado a traición por do hombres cuando mantenía una igualada lucha con Galifón. Landín partió en busca de venganza con el resultado que ya conocemos.
Examinan a Galifón y a su hermano. No están muertos. Los cargan en sendos palafrenes y regresan al monasterio. Allí decidirán la suerte de los prisioneros según sea la evolución de Eliseo. Lo encuentran bastante restablecido.
Galifón, que ya ha recobrado el sentido, implora perdón a Landín. Éste le reprocha su conducta y le pregunta la razón de su deslealtad. Galifón responde que ha sido la codicia por señorear. Pero está arrepentido y le pide que medie por ellos ante Cildadán. Landín accede a dejarles libres si le prometen que de ahora en adelante cumplirán estrictamente las leyes de la caballería y que antes de veinte días se presentarán ante Cildadán. Galifón se lo promete y le agradece su benevolencia.
Al día siguiente, tras la misa de rigor, Grasandor se despide de Landín y de Eliseo y vuelve a su barca. Se dirigen a la Ínsula del Infante. Allí les recibe el caballero-gobernador que ya ha retornado a su casa. Les cuenta las andanzas de Amadís por la Ínsula de la Torre Bermeja. Les ofrece un marinero que les guíe allí. Llegan sin novedad. Preguntan por Amadís y son recibidos por él mismo con alegría y emoción. Se cuentan las novedades, noticias sobre Oriana, etc... Como Amadís está todavía convaleciente de sus heridas y Grasandor está hasta la coronilla de tanta navegación, deciden quedarse en la Ínsula de la Torre Bermeja para descansar cuatro o cinco días antes de volver a la Ínsula Firme.
Libro IV, Capítulo 129 (5 de 6)
Mientras caminan hacia los vencidos se van contando sus peripecias desde la última vez que se vieron en la Ínsula Firme. Landín le relata como partió con sus compañeros a la conquista de Sansueña y el reino Arábigo. Cuando llegaron a éste último, descubrieron que un sobrino del rey Arábigo había tomado el poder. Se enfrentaron a su ejercito y lo derrotaron fácilmente. Tras la conquista del reino Arábigo, Landín y su primo Eliseo emprendieron el retorno a Irlanda. Se detuvieron en la Ínsula del Infante donde les contaron que hasta allí llegó un caballero que acompañaba a una cuitada dueña y su intención era dirigirse a la Ínsula de la Torre Bermeja a enfrentarse con Balán. Entonces no lo supieron, pero con la historia de Grasandor descubren que se caballero es Amadís. Después de la Ínsula del Infante, Landín y su primo llegaron a estas tierras. Al desembarcar se toparon con una doncella que les pidió auxilio: su marido estaba preso en una torre. Acompañaron a la mujer. Por el camino se encontraron con Galifón. Eliseo le dijo a su primo que continuara el camino con la doncella mientras él se detenía para enfrentarse al desafiante caballero. Landín siguió con la doncella hasta llegar a la torre. El dueño de a torre resultó ser un viejo amigo de Landín, antiguo camarada de juveniles andanzas caballerescas. Landín le afeó su conducta y le pidió que liberara al caballero prisionero. Su viejo amigo lo hizo de inmediato. Landín le recomendó que en el futuro se abstuviera de cometer estos actos contrarios al correcto proceder de un buen caballero. Una vez solucionado el conflicto, Landín se despidió de todos y volvió sobre sus pasos.
viernes, 4 de febrero de 2011
Libro IV, Capítulo 129 (4 de 6)
Volvamos a la Ínsula Firme para ver lo que ocurrió tras la partida de Amadís: el montero va en busca de Grasandor y le transmite el mensaje de Amadís. Grasandor abandona la caza para avisar a Oriana. Pero antes recoge el cuerpo del caballero muerto en la playa y ordena que sea enterrado en un monasterio cercano (fundado por Amadís poco después de su estancia en al Peña Pobre). Luego busca a Oriana y le cuenta lo ocurrido pero con alegre semblante para no preocuparla. Oriana queda turbada unos instantes y se consuela pensando que no puede ser cosa de importancia si Amadís no se ha marchado en compañía de Grasandor y sin despedirse de ella. Grasandor le pide perdón en nombre de Amadís por esto último. Oriana, a pesar de todo, está muy preocupada por su marido y no sabe que hacer. Grasandor se ofrece a salir en su busca. Oriana lo acepta encantada, aunque ahora la que se preocupa es Mabilia que pasa la noche llorando al pensar en los peligros que pasará su amado.
Al día siguiente, tras oír misa, Grasandor zarpa en busca de Amadís. Lleva armas y caballo. Le acompañan dos escuderos y un marinero. Navegan en la dirección que tomó Amadís pero sin saber con certeza adonde se dirigen. Navegan dos días sin encontrar pistas.Por desgracia pasan junto a la Ínsula del Infante en plena noche y no la ven. Pasan de largo y al día siguiente llegan a una playa y Grasandor decide desembarcar. Les parece una hermosa tierra, llena de árboles. Grasandor se arma y monta su caballo. Sale a explorar acompañado de sus dos escuderos que van a pie. Tras un día de marcha no encuentran a persona alguna. Los escuderos, exhaustos, opinan que es una tierra deshabitada y creen que es mejor volver al barco. Grasandor les deja descansar y continua la exploración en solitario. Cruza un espeso bosque en un hondo valle. Se topa con un pequeño monasterio. La puerta está abierta. Descabalga y entra. Llega a la iglesia del monasterio y se detiene un instante para rezar. Estando allí de rodillas se le acerca un monje de los blancos. Grasandor le pregunta como se llama esa tierra. El monje le responde que es territorio del reino de Irlanda, pero ahora está en poder de Galifón y de sus dos hermanos que han usurpado el señorío de estas tierras. Estos tres caballero cabalgan juntos incesantemente por el territorio. Se enfrentan a cuanto caballero se encuentran. Y lo hacen de forma artera y desleal: los hermanos suelen ocultarse. Galifón se enfrenta en solitario al caballero. Si no consigue vencerlo, los hermanos aparecen de súbito y entre los tres acaban fácilmente con su desprevenido rival. Ayer mismo hicieron esto con un desventurado caballero al que dejaron quebrantado y malherido. Y lo hubieran matado de no ser por la intervención de dos monjes que intercedieron por él y lo trajeron al monasterio. Al poco llegó otro caballero, compañero del herido. Al conocer la desventura de su amigo partió en busca de los tres hermanos para vengarle.
Grasandor le pide que le muestre al herido. Lo reconoce al instante: es Eliseo, primo de Landín. Eliseo también lo reconoce y le pide que ayude a su primo. El monje le dice que Landín fue al castillo de Galifón que se encuentra en medio de un vasto llano allende el valle del monasterio.
Grasandor monta en su caballo y parte en ayuda de Landín. Sale del valle y sube a un otero. Allí ve el castillo. Ante sus puertas está Landín, gritando. Grasandor se acerca discretamente y se queda a poca distancia pero oculto hasta ver como le va a Landín. Del castillo sale un caballero asaz grande y bien armado.
Tras cruzar bravatas y desafíos comienza la justa. Cruzan lanzas en varias ocasiones. Al final, ambos caen al suelo. Continúan la lucha a pie, espada en mano. El combate es fuerte e intenso. Los golpes desprenden enormes chispazos. Destrózanse escudos y lorigas. Poco a poco, Landín va cobrando ventaja. El otro caballero se defiende como puede y retrocede. Pide ayuda al castillo y salen sus dos hermanos. Landín ya esperaba esta felonía y los espera firmemente plantado. Grasandor que los ve salir, cabalga velozmente a su encuentro. Derriba a uno de ellos que, al caer, se fractura el brazo derecho y queda tan maltrecho que ya no se levanta. El otro hermano intenta lancear o arrollar con su caballo a Landín que ágilmente lo esquiva. Grasandor se lanza en pos del jinete mientras Landín acaba con Galifón con facilidad. Su hermano, cuando ve vencido a Galifón, abandona el combare y huye hacia el castillo. Grasandor lo persigue. El caballero está tan aturullado por la persecución que no acierta a pasar por el puente levadizo y cae con su caballo al foso que rodea el castillo y muere ahogado.
Landín se acerca para conocer a su aliado: Grasandor le revela su identidad. Se abrazan emocionados. Vuelven para ver si Galifón y su otro hermano están vivos o muertos.
Libro IV, Capítulo 129 (3 de 6)
La boda se lleva a término con plena satisfacción de ambas partes, principalmente de Darioleta que ve alcanzar a su hija un alto estatus. Este matrimonio será el origen de una saga de famosos caballeros en la Corte del rey Artús: Bravor tendrá un hijo llamado Galeote en honor a su madre (entonces, ¿la hija de Darioleta se llama Galeota o quizás Gala?). Galeote se casará con una hija de Galvanes y Madasima. Tendrán un hijo llamado Balán, como su bisabuelo. Éste, aunque de estirpe de gigante, tendrá el aspecto del común de los mortales. Descendiente directo de Balán II será Don segurades, coetáneo de Uther Pendragón y primo hermano de aquel famoso caballero de la corte artúrica que llegó a vivir 120 años en plena forma. Hijo de Segurades y Señor de la Ínsula de la Torre Bermeja será Bravor el Brun, que morirá a manos de Tristán de Leonís en leal combate en un encuentro que ocurrirá durante el viaje de Tristán como escolta de Iseo la Brunda (Isolda), hija del rey Languines de Irlanda, para reunirse con su prometido, el rey Mares de Cornualla, tío de Tristán. Hijo de Bravor será Galeote el Brun, Señor de la Luengas Ínsulas, gran amigo de Lanzarote del Lago. Estos dos Brunes son mencionados en los libros que cuentan la historia de Tristán y Lanzarote.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Libro IV, Capítulo 129 (2 de 6)
Balán ordena que aten de pies y manos a su hijo y que se lo entreguen al caballero insulofirmeño para que haga lo que quiera con él, ya que ha mancillado el honor de su padre. La esposa de Balán, temiendo que Amadís pueda vengarse cruelmente de su hijo, se escabulle discretamente y va a ver al caballero insulofirmeño. Lo encuentra sin yelmo, con la espada envainada e inclinado ante su hijo, desatándolo. La mujer reconoce a Amadís y le pregunta si sabe quien es ella. Amadís también ha reconocido a la hija de Gandalac pero lo disimula. Ella le dice que sabe quien es: Amadís, el hermano de su amigo Galaor. Si prefiere mantenerse en el anonimato, ella sabrá mantener el secreto. Le asegura que Balán mantendrá su promesa como hombre de honor que es y por último, le pide piedad para su hijo.
Amadís responde que aprecia y respeta a Gandalac y a sus hijos. Por supuesto va a liberar a Bravor sin ninguna represalia, pues Amadís solo toma venganza con quien puede defenderse, nunca con hombres desarmados. Le permite a la mujer que desvele su identidad a Balán y que le transmita sus exigencias de que repare el agravio a la dueña. La mujer del gigante le dice que puede acompañarla ante él sin temor y decírselo personalmente. Amadís se vuelve a colocar el yelmo, coge espada y escudo y salen juntos. Van al castillo y los conducen al lecho de Balán. Amadís le dice cuan quejoso está de él porque sus hombres no hayan respetado su palabra y le exige que repare el daño ocasionado a Darioleta.
Balán responde que le pesa y le duele más ver como su hijo y sus servidores no han cumplido con su palabra empeñada que verse vencido. Por esa razón le entregó a su propio hijo maniatado, para resarcirle de esa injusticia. Balán está dispuesto a compensar a Darioleta, pero en lo referente a su hijo, el daño es irreparable y no sabe como podría hacerse. Amadís le dice que libere a su marido e hija, que les devuelva sus bienes y su barco. Y a cambio de su hijo muerto, debe cederles su propio hijo: Bravor debe casarse con la hija de Darioleta. Amadís le asegura que no es un matrimonio tan desigual, pues además de riquezas y posesiones, los padres son gobernadores de un rico territorio de su propio padre.
Balán le pregunta quien es su padre. El caballero insulofirmeño se presenta: es Amadís, hijo del rey Perión, el que mató a Madanfabul, padre de Balán, aunque lo hizo para defender a un Lisuarte en peligro de muerte. Balán se admira de la valía y bravura de Amadís. accede a liberar a los prisioneros y restituirles bienes y nao. En cuanto a Bravor, que Amadís haga lo que quiera con él, pues no le perdona que haya mancillado su honor. Le pide, por último, que queden como amigos.
Amadís le responde que ya le considera su amigo, pues es yerno de su amigo Gandalac. Le pide que de ahora en adelante desista de esa mala costumbre de asaltar a los visitantes. Amadís justifica a Bravor, su yerro es fruto de su corta edad. Le pide su perdón por amor a su madre. Le aconseja que lo mande llamar y traiga a la hija de Darioleta y que se casen inmediatamente. Balán así lo hace.
domingo, 30 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 129 (1 de 6)
Darioleta, al ver a Amadís sitiado y al borde de la muerte, se entristece y desespera y maldice su desventura voz en grito. Se acusa de haber llevado a una muerte segura al mejor caballero del mundo. ¿Cómo podrá presentarse ante sus padres y hermanos? De nada valdrán los servicios prestados antes. ¿Por qué no le permitió que reuniera un grupo de caballeros en la Ínsula Firme para que le ayudaran en esta situación? Hizo las cosas con el arrebatamiento y la liviandad propias de su femenina condición.
Así estaba lamentando su suerte en los soportales del templo. Ya ve muerto a Amadís y presos de por vida a su marido e hija. Amadís la ve llorar desesperada desde la angostura donde se ha apostado y se apiada de ella. Siente como la furia le crece en su interior hasta exasperarle. Piensa que si ataca ahora a sus sitiadores tendrá más posibilidades que si espera a la mañana siguiente. Agarra la espada y embraza el escudo y se dispone a salir. El caballero-gobernador, que está pendiente de su movimientos, adivina sus intenciones. Se acerca a él y le ruega que no ataque a sus enemigos. Le cuenta la conversación que ha tenido con Bravor. Ha conseguido una tregua hasta el día siguiente. El caballero-gobernador espera que para entonces Balán se haya recuperado. Está convencido de que el gigante mantendrá su palabra. Amadís acepta el consejo y desiste de su idea de luchar. Esperará la llegada del nuevo día.
Mientras Balán sigue semiinconciente. Recupera un tanto el sentido pero no puede hablar. Solo acierta a señalarse el pecho con gesto de gran dolor. Sus médicos lo examinan y le aplican varios remedios. La evolución del paciente s buena y antes del alba recupera el habla. Pregunta donde está. Le dicen que en su cama. No recuerda como acabó el combate. Tras un momento de vacilación, le cuentan que ocurrió, pues nadie se atreve a ocultarle la verdad. También le cuentan en que situación tienen a Amadís, cercado en un extremo de la plaza. Esperan que el gigante decida su suerte. Balán ordena que levanten el cerco y lo dejen libre. Balán llama a su hijo y le echa en cara de forma desabrida que no haya respetado su palabra. Preferiría verse muerto antes que deshonrado.
sábado, 29 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 128 (5 de 5)
Del castillo sale el hijo de Balán acompañado por treinta hombres armados gritando mueras al traidor. Amadís se retira a un extremo de la plaza donde hay un angosto paso entre peñas y se parapeta allí tras el escudo del gigante.
Tres de los soldados se adelantan. Le arrojan sus lanzas que no le hieren gracias al enorme escudo que le cubre cuerpo y piernas. El primer atacante avanza espada en mano pero Amadís le da tal espadazo que le parte la cabeza en dos.
Llega el segundo soldado. Recibe un golpe de espada sobre el hombro y a un lado cae su brazo y al otro cae el hombre, muerto. El resto de soldados, al ver el destino de sus compañeros, se mantienen a distancia arrojándole saetas, piedras y lanzas. Amadís se mantiene firme en su posición bien protegido por el escudo.
Mientras tanto, los servidores de Balán han llevado al gigante al interior del castillo. Balán sigue inconsciente, como muerto.
Más soldados llegan y acosan a Amadís. Los recién llegados no han visto como Amadís acabó con los dos primeros y le atacan temerariamente.
Al primero que llega, Amadís le cercena la cabeza de un solo tajo. El resto, atemorizado, se repliega a posiciones más seguras. Desde allí continúan arrojándole innumerables saetas y piedras.
El caballero-gobernador intercede por Amadís ante Bravor, el hijo de Balán, y le echa en cara que no respete la palabra dada por su padre. Bravor no soporta ver morir a su padre y no poder vengarlo. El caballero-gobernador le responde que su padre no está muerto porque Amadís no quiso rematarlo, debido al aprecio que siente por Gandalac. El joven no sabe que hacer. El caballero le propone que mantenga cercado a Amadís sin hacerle daño hasta ver la evolución de Balán. Podrá decidir su suerte al día siguiente. Bravor le pide consejo a su madre y a su abuela que le dicen que mantenga a Amadís vivo hasta ver como evoluciona Balán que se va recuperando poco a poco pero sigue semiinconsciente. La madre de Bravor sospecha que el caballero de la Ínsula Firme es Galaor o alguno de sus hermanos. Bravor, por fin, acepta la propuesta del caballero. Ordena a sus hombres que mantengan sitiado a Amadís pero sin atacarle hasta nueva orden.
Amadís pasa la noche en vela, espada en mano, esperando la muerte. Piensa que los hombres de Balán no respetarán su palabra. Encomienda su destino a Dios.
viernes, 28 de enero de 2011
Libro IV, capítulo 128 (4 de 5)
Balán se abalanza sobre Amadís con toda su fuerza pero con la lanza un poco baja. Su lanza impacta en la cabeza del caballo de Amadís y la introduce hasta el pescuezo. Amadís, por su parte, acierta en pleno centro del escudo de su rival y lo descabalga. El caballo de Amadís cae muerto al suelo. Aunque Amadís tiene la pierna atrapada bajo el caballo, se libera rápidamente y se levanta. Balán también se ha puesto en pie, pero está algo aturdido. El lanzazo de Amadís ha sido tan certero y potente que le ha golpeado en el centro del pecho, magullando la carne y quebrando las ternillas.
Se enfrentan a pie, espada en mano. Amadís se protege con el escudo, pero el gigante se lanza sobre él brazo en alto. Ésto lo hace tanto por su soberbia y exceso de bravura como por el intenso dolor que siente en el pecho. Amadís, que lo ve venir de esa guisa, comprende que lo ha lesionado en el encontronazo. Levanta su escudo para protegerse de un golpe desde arriba del gigante.Balán descarga el golpe con toda su fuerza y corta el escudo de arriba a abajo y un tercio del mismo cae al suelo. Lo mismo le hubiera ocurrido al brazo de Amadís si el golpe hubiera sido más centrado. Amadís no se arredra y contrataca antes de que el gigante se retire. Le hiere junto al codo, corta la gruesa malla y le hiere la carne hasta la canilla. Balán, dolido del golpe, retrocede pero Amadís insiste en su ataque. Le lanza un golpe a lo alto del yelmo que hace saltar chispas como llamaradas. Es tan fuerte que deforma el yelmo y dificulta la visión al gigante.
El caballero-gobernador, viendo como lucha Amadís, se maravilla y asombra. No deja de santiguarse diciendo "¿De dónde ha salido este diablo?". Darioleta le responde que si hubiera más diablos como éste, no habría cuitados ni desvalidos ante los soberbios del mundo.
Balán intenta enderezarse el yelmo. Su brazo derecho está tan débil que apenas puede sostener la espada. Retrocede un poco más. Amadís persiste en su ataque. Lanza un nuevo golpe a la cabeza del su rival. El gigante adivina su intención y se protege con el escudo. La espada corta el escudo hasta la mitad y queda allí trabada. Balán contagolpea con su espada, pero, con su brazo derecho malherido, solo consigue un débil e inocuo golpe.
Amadís intenta desenclavar su espada y tira de ella denodadamente. Balán, por su parte, tira del escudo. En un esfuerzo supremo, Amadís rompe las correas que sujetan el escudo al brazo del gigante y se lleva espada y escudo. En esas condiciones no puede utilizar su espada. El gigante cambia la espada de mano y se lanza en fiero contrataque. Amadís se cubre ágilmente con su escudo pero no puede evitar que algunos golpes le alcancen la loriga y le hieran la carne. Ciertamente, si Balán atacara con su brazo derecho, Amadís estaría en una situación muy comprometida. Pero al usar el brazo izquierdo, sus golpes, aunque muy potentes, son poco atinados. Golpea en falso en varias ocasiones. Amadís intenta liberar su espada: retrocede con rapidez unos pasos, arroja su escudo hacia el gigante, pone el escudo de Balán en el suelo y apoyando sus pies en él, tira con todas sus fuerzas de la espada hasta desenclavarla.
Mientras, Balán ha recogido el escudo de Amadís. Es lo suficientemente liviano como para poder manejarlo con su brazo derecho. La herida del codo es importante, ha perdido mucha sangre. Y el golpe en el pecho, muy doloroso, le hace perder el resuello.
Amadís con su espada ya libre y cubierto con el escudo del gigante reanuda su ataque. Balán ve que el combate se está decantado a favor de su rival y se defiende a duras penas. Pero el dolor que siente en el pecho es tan fuerte que pierde el conocimiento y cae desvanecido al suelo.
La gente del alcázar cree que Balán ha muerto y clama venganza. Amadía le retira el yelmo y con la punta de la espada en el cuello le exige que repare el daño causado a Darioleta. Pero Balán sigue inconsciente.
Llega el caballero-gobernador y pregunta si el gigante está muerto. Amadís cree que no. El caballero-gobernador le pide que no lo mate tanto por seguridad del propio Amadís como para que Balán pueda reparar el agravio a Darioleta. Amadís está de acuerdo con él.
jueves, 27 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 128 (3 de 5)
Balán se ríe en su cara y le augura una rápida muerte como castigo a su ignorante temeridad. Amadís le responde que no ignora que se trata de uno de los gigantes más fuertes y temibles del mundo, pero ha venido a enfrentarse a él porque su honor le obliga a defender a dueñas desvalidas. Aunque por deferencia a algunas personas que le aprecian preferiría no tener que enfrentarse a Balán, le dice que no teme hacerlo en absoluto.
Balán concierta el combate para tres horas más tarde y le proporciona dos buenos caballos y dos lanzas. También le permite comer y descansar. Amadís reconoce su caballerosidad y cortesía y lamenta que ese buen talante no le incline al buen camino. Solo toma un caballo y una lanza. El resto de armas son las del hijo de Darioleta y su propia espada. Las armas del hijo están manchadas con su sangre y espera que es sangre le de fuerzas suficientes para vencer al gigante.
Balán se retira al interior del castillo. Amadís, el caballero-gobernador y el resto de su compaña se quedan en un soportal de la plaza. Allí les llevan comida. Aguardan plácidamente a que llegue la hora del combate. El caballero-gobernador escruta el rostro de Amadís buscando señales de flaqueza. Como no los encuentra, se maravilla cada vez más.
Se acerca la hora. Traen dos caballos y Amadís escoge uno y lo monta. Se sitúa en el centro de la plaza esperando a su rival. Toda la gente de la isla se apelotona alrededor de la plaza. Los adarves y ventanas del castillo están llenos de dueñas y doncellas. De lo alto de la Torre Bermeja suenan tres trompetas. Amadís pregunta por ese sonido. Le explican que es la señal que anuncia la salida de Balán. A Amadís le parece una gran idea, propia de un gran señor. Decide plagiarla y aplicarla en la Ínsula Firme cuando necesite hacer un combate singular de este estilo. Es una forma de enardecer el propio ánimo y acobardar al contrario.
Se abren las puertas del castillo y sale Balán armado y a caballo. Se gritan los desafíos y bravatas de rigor y empieza la justa.
Balán concierta el combate para tres horas más tarde y le proporciona dos buenos caballos y dos lanzas. También le permite comer y descansar. Amadís reconoce su caballerosidad y cortesía y lamenta que ese buen talante no le incline al buen camino. Solo toma un caballo y una lanza. El resto de armas son las del hijo de Darioleta y su propia espada. Las armas del hijo están manchadas con su sangre y espera que es sangre le de fuerzas suficientes para vencer al gigante.
Balán se retira al interior del castillo. Amadís, el caballero-gobernador y el resto de su compaña se quedan en un soportal de la plaza. Allí les llevan comida. Aguardan plácidamente a que llegue la hora del combate. El caballero-gobernador escruta el rostro de Amadís buscando señales de flaqueza. Como no los encuentra, se maravilla cada vez más.
Se acerca la hora. Traen dos caballos y Amadís escoge uno y lo monta. Se sitúa en el centro de la plaza esperando a su rival. Toda la gente de la isla se apelotona alrededor de la plaza. Los adarves y ventanas del castillo están llenos de dueñas y doncellas. De lo alto de la Torre Bermeja suenan tres trompetas. Amadís pregunta por ese sonido. Le explican que es la señal que anuncia la salida de Balán. A Amadís le parece una gran idea, propia de un gran señor. Decide plagiarla y aplicarla en la Ínsula Firme cuando necesite hacer un combate singular de este estilo. Es una forma de enardecer el propio ánimo y acobardar al contrario.
Se abren las puertas del castillo y sale Balán armado y a caballo. Se gritan los desafíos y bravatas de rigor y empieza la justa.
miércoles, 26 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 128 (2 de 5)
Navegan toda la noche y a la mañana del día siguiente llegan a la Ínsula de la Torre Bermeja. A Amadís le parece una hermosa tierra llena de espesas montañas y feraces campos y con un formidable castillo de potentes torres, en especial la más alta y antigua de ellas, la Torre Bermeja, hecha con una rara piedra. Cuenta la leyenda que fue Josefo quien edificó esa torre. Era hijo de José de Arimatea, el que trajo el Santo Grial a Gran Bretaña. Por aquel entonces solo había paganos por estos lares. Josefo pobló la isla con cristianos y construyó la torre para que sirviera de cobijo y protección a sus correligionarios. Luego llegaron los gigantes y se señorearon de la isla y de las adyacentes. De esa manera llegó a manos de Balán. Pero la población siguió siendo cristiana aunque viviera sojuzgados por los gigantes que eran, en su mayor parte, paganos. Los habitantes de la Ínsula de la Torre Bermeja vivían algo mejor ahora porque Balán era un amo tolerante y benévolo y el amor que sentía por su madre lo había inclinado a la ley de Jesucristo.
Amadís le pide al caballero-gobernador que se presente ante Balán y le diga que ha regresado la dueña con un caballero de la Ínsula Firme para vengar la muerte de su hijo y liberar a su marido e hija. El caballero-gobernador lo hace de buen grado.
Balán recibe cordialmente al caballero-gobernador, con quien mantiene unas excelentes relaciones. El caballero-gobernador le explica su encargo. El gigante le pregunta si el caballero de la Ínsula Firme es Amadís o alguno de sus hermanos. El caballero-gobernador no lo sabe, pero le parece un hombre bravo y apuesto. No sabe si le ha traído a la Ínsula de la Torre Bermeja su gran valentía o la ausencia de buen juicio. Balán reitera la promesa que le hizo a la dueña. El caballero-gobernador vuelve al barco y le cuenta lo ocurrido a Amadís. Desembarcan. Amadís le pide al marinero que acompañaba a Darioleta que no desvele su identidad. Suben al castillo. Encuentran al gigante desarmado en la amplia plaza ante el castillo. Balán le pregunta a Darioleta si ha traído algún hijo de Perión. Ella responde que sea quien sea le demandará por el daño que ha causado. Amadís añade que no es necesario que se sepa su nombre. Le exige que repare el mal que ha causado a la dueña o en caso contrario que se prepare para luchar.
Libro IV, Capítulo 128 (1 de 5)
El caballero ordena avituallar el barco generosamente y luego se embarca con Amadís acompañado de algunos de sus hombres. Parten hacia la Ínsula de la Torre Bermeja. Durante el trayecto charlan. El caballero le pregunta su opinión sobre el rey Cildadán. Amadís lo alaba y pondera grandemente. El caballero está de acuerdo con él y lamenta que la fortuna no le haya sido propicia, pues merece algo más que ser vasallo de Lisuarte. Amadís le da la buena noticia del fin de ese vasallaje gracias a su valor y esforzado corazón. Y le cuenta como estuvo presente cuando Lisuarte liberó a Cildadán de su obligación. Luego, Amadís le pide informes sobre Balán. El caballero conoce muy bien a todos los gigantes de la zona y le explica detalladamente la historia de Balán: Es hijo de Madanfabul, que fue muerto por Amadís cuando se llamaba Beltenebros en la guerra que hubo entre Lisuarte y Cildadán. Muchos gigantes participaron en esa contienda en el bando irlandés y muchos murieron en ella. Balán quedó huérfano siendo mancebo. Heredó la Ínsula de la Torre Bermeja, la más fructífera de la zona tanto en frutas como en especias. Por ésta últimas, es visitada con frecuencia por mercaderes, lo que reporta grandes beneficios a las arcas del gigante. Balán es muy distinto a otros gigantes, que son generalmente soberbios y follones. Él, por el contrario, es sosegado, leal y sincero. Este carácter suyo viene por parte materna. Su madre es hermana de Gromadaza, la mujer de Famongomadán del Lago Ferviente. Ambas hermanas eran muy distintas. La madre de Balán era mucho más hermosa. Mientras que Gromadaza era brava y corajuda, su hermana era mansa, virtuosa y humilde. Al parecer las mujeres feas adquieren un temperamento más varonil siendo más soberbias y desabridas, mientras que las hermosas son más sosegadas y mansas. La madre de Balán se llama Madasima. En su honor le pusieron su nombre a una hija de Famongomadán y Gromadaza, que luego se casó con Galvanes.
¿Por qué este caballero sabe tanto de todos estos gigantes? También se lo explica a Amadís: el joven Cildadán era un noble infante irlandés sin más posesiones que la Ínsula del Infante. Sin embargo, progresó con rapidez cuando se casó con la hija del rey Abiés. Al morir éste, heredó el trono de Irlanda y nombró a este caballero gobernador de la ínsula. Desde entonces vive en ella cuidando de los asuntos del rey y relacionándose con todos los gigantes que viven en los alrededores. Por eso sabe que todos ellos guardan en su memoria la muerte de sus familiares en aquella infausta guerra entre Lisuarte y Cildadán y albergan en su interior fuertes deseos de venganza.
Amadís le agradece su prolija información y confiesa que le pesa tener que enfrentarse a un gigante de tan buena condición y carácter. Le pregunta si está casado y tiene hijos. El caballero-gobernador le contesta que sí, está casado con una hija del gigante Gandalac, Señor de la Peña de Galtares, y tiene un hijo de quince años. Ésto último perturba a Amadís, pues sabe cuanto aprecia su hermano Galaor al gigante Gandalac. Le dice al caballero que algunas cosas que le ha contado le hacen dudar de su propósito. El caballero sospecha erróneamente que le flaquea el valor. No es verdad, pues cuando se trata de desfacer entuertos y socorrer a menesterosos nada ni nadie se le puede interponer a Amadís.
Amadís le agradece su prolija información y confiesa que le pesa tener que enfrentarse a un gigante de tan buena condición y carácter. Le pregunta si está casado y tiene hijos. El caballero-gobernador le contesta que sí, está casado con una hija del gigante Gandalac, Señor de la Peña de Galtares, y tiene un hijo de quince años. Ésto último perturba a Amadís, pues sabe cuanto aprecia su hermano Galaor al gigante Gandalac. Le dice al caballero que algunas cosas que le ha contado le hacen dudar de su propósito. El caballero sospecha erróneamente que le flaquea el valor. No es verdad, pues cuando se trata de desfacer entuertos y socorrer a menesterosos nada ni nadie se le puede interponer a Amadís.
martes, 25 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 127 (3 de 3)
Mientras la arrastraban, Darioleta se lamentaba voz en grito:"¡Ójala el rey Perión o alguno de tus hijos estuviera aquí para ayudarnos!". Cuando Balán la oye, le pregunta:"¿Quién es ese Perión? ¿Acaso el padre del famoso Amadís?¿Le conoces?" Cuando Darioleta le respondió afirmativamente, Balán le propuso que fuera en busca de Amadís para defenderla, ya que fue quien mató a su padre Madanfabul y arde en deseos de venganza. Le proporcionó un marinero y un barco y le indicó que se llevara el cuerpo de su hijo para mejor convencer a Amadís. El gigante le prometió que mantendría su palabra en caso de que fuera vencido.
Amadís escucha compungido el desventurado relato de la dueña y confía en Dios para reparar y vengar su pérdida.
Navegan dos días más. Al alba del tercero divisan una pequeña isla por babor. Amadís le pregunta al marinero por ella. Éste le dice que es una pequeña posesión del rey Cildadán llamada la Ínsula del Infante. Amadís decide detenerse en ella para descansar un poco y avituallarse. Nada más desembarcar aparece un caballero que sale a recibirles. Les pregunta quienes son. Amadís le dice que es un caballero está ayudando a la dama que le acompaña. Va a liberar a su familia, presa en la Ínsula de la Torre Bermeja. Su intención es pelear con Balán, señor de aquella tierra. El caballero de la ínsula se ríe desdeñosamente al conocer las intenciones de Amadís. Le aconseja que desista en su empeño: Balán es el guerrero más fuerte del mundo, ni siquiera Amadís con ayuda de sus hermanos Galaor y Florestán podrían con él, cuanto menos un simple caballero como él.
Amadís le responde que confía en Dios para superar esta prueba y solo le pide al caballero que le suministre algunos víveres.
El caballero no solo le da viandas gustosamente sino que se ofrece para acompañarlos y ver como acaba este conflicto
lunes, 24 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 127 (2 de 3)
Amadís accede a ayudarla, pero como está desarmado y solo dispone de su espada, y si envía a buscar sus armas, Oriana no le permitirá acometer la aventura, se viste con las armas del caballero muerto. Ya se disponían a montar en el batel cuando llega un montero. Amadís le dice que hable con Grasandor y le cuente lo ocurrido para que intente justificarlo ante Oriana. A continuación se embarcan y navegan el resto del día y toda la noche. Mientras, Darioleta le cuenta su historia: Ella y su marido fueron nombrados por Perión gobernadores de la Pequeña Bretaña y allí vivían con sus hijos. Recibieron una carta de Elisena invitándoles a la boda de Amadís y Oriana en la Ínsula Firme. Fletaron una nave y toda la familia y sus sirvientes embarcaron en ella. Al poco de salir les alcanzó una tormenta y se extraviaron. Llegan a una isla y se resguardaron en su puerto. Pronto se vieron rodeados por numerosas embarcaciones y fueron hechos prisioneros. Era la Ínsula de la Torre Bermeja y su señor, el gigante Balán. Fueron llevados a presencia del gigante que les preguntó si había entre ellos algún caballero. El marido de Darioleta respondió que sí. Balán les dijo que tiene por costumbre dar una oportunidad a sus prisioneros. Lucharán en combate singular y si vencen serán todos libres. Si son derrotados, serán prisioneros a perpetuidad. El marido aceptó el reto. Preguntó por las garantías que le daba. El gigante dijo que no había más garantía que su palabra, pero su palabra era Ley. El combate sería en una gran plaza ante las puertas del castillo rodeada de peñas. El hijo de Darioleta le pidió a su padre que le permitiera ser el primero en enfrentarse al gigante. El padre accedió a regañadientes. En la primera justa,Balán le dio tan gran golpe al hijo que murió él y su caballo. En el turno del padre, éste consiguió acertarle en pleno escudo, pero fue como si hubiera alanzeado una torre, tan fuerte y recio era el gigante. Balán cogió al caballero de un brazo y lo levantó de la silla como si de un niño pequeño se tratara. El gigante ordenó que encerraran al matrimonio y a una hija pequeña y que dejaran el cuerpo del hijo muerto ahí tirado.
miércoles, 19 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 127 (1 de 3)
Amadís y Oriana se quedan al fin juntos en la Ínsula Firme disfrutando de su mutua compañía. Pasan los días en agradable deleite. Pero al cabo de un tiempo, Amadís comienza a añorar su época aventurera. Le pide licencia a su esposa para reanudar sus andanzas. Obviamente Oriana no quiere que la vuelva a dejar sola e intenta por todos los medios quitarle la idea de la cabeza. Amadís, por complacer a su gran amor, accede a quedarse hasta saber noticias de sus amigos. Para entretenerse en tan tediosa espera se dedica a actividades cinegéticas. sale de caza acompañado de Grasandor por los montes de la Ínsula Firme que están llenos de venados, osos, jabalíes y aves de río. Durante un tiempo se acomoda a esta situación.
Un día, Amadís está apostado en la falda de una montaña cercana a la costa a la espera de su presa. Está acompañado por uno de sus perros, un fiel animal que aprecia mucho. De pronto divisa un batel a lo lejos que se dirige a la costa en su dirección. Cuando el bote se acerca, Amadís consigue distinguir a dos personas en él: un hombre y una mujer. Amadís, sospechando un asunto interesante, abandona su puesto y baja a la playa con su perro. Llega al mismo tiempo que el batel y ve como la pareja arrastra el cuerpo de un caballero muerto completamente armado y lo depositan sobre la arena de la playa. Amadís les pregunta quien es el muerto y quien lo ha matado. La dama reconoce a Amadís a pesar de su traje de caza. Se postra ante él y le pide que la socorra. Es Darioleta, la antigua doncella de su madre, la que la asistió en el parto, la que colocó al pequeño Amadís en el arca y luego lo arrojó al río. Amadís le aparta del rostro sus blancos cabellos y le pregunta como puede ayudarla. Darioleta le pide que suba con ella al batel y le contará sus cuitas durante el trayecto.
Un día, Amadís está apostado en la falda de una montaña cercana a la costa a la espera de su presa. Está acompañado por uno de sus perros, un fiel animal que aprecia mucho. De pronto divisa un batel a lo lejos que se dirige a la costa en su dirección. Cuando el bote se acerca, Amadís consigue distinguir a dos personas en él: un hombre y una mujer. Amadís, sospechando un asunto interesante, abandona su puesto y baja a la playa con su perro. Llega al mismo tiempo que el batel y ve como la pareja arrastra el cuerpo de un caballero muerto completamente armado y lo depositan sobre la arena de la playa. Amadís les pregunta quien es el muerto y quien lo ha matado. La dama reconoce a Amadís a pesar de su traje de caza. Se postra ante él y le pide que la socorra. Es Darioleta, la antigua doncella de su madre, la que la asistió en el parto, la que colocó al pequeño Amadís en el arca y luego lo arrojó al río. Amadís le aparta del rostro sus blancos cabellos y le pregunta como puede ayudarla. Darioleta le pide que suba con ella al batel y le contará sus cuitas durante el trayecto.
Libro IV, Capítulo 126 (3 de 3)
Una vez finalizados los festejos de boda, Arquisil decide tornar a Roma. le acompañarán Florestán y sus respectivas esposas. Sardamira se encargará de llevar los cuerpos de Patín, Salustanquidio y Floyán. Amadís libera a todos los prisioneros romanos. Cuando la flota romana, que estaba en Vindilisora, llega a la Ínsula Firme, el Emperador y los suyos emprenden el viaje de vuelta a casa.
El resto de reyes y señores también se preparan para volver a sus países. Antes se reunen para decidir el destino del rey Arábigo, de los caballeros de Sansueña y del resto de prisioneros. Amadís le dice a Lisuarte que si tiene intención de partir pronto, lo haga en cuanto quiera, sin más compromiso. Lisuarte le agradece su hospitalidad pero, efectivamente, desea retornar a Gran Bretaña. Amadís le dice que decidirá sobre el destino de los prisioneros con ayuda de Perión.
Lisuarte, antes de marcharse, se reune con todos los caballeros en la gran sala del alcázar. Ante toda la concurrencia, se dirige a Cildadán. Le agradece su lealtad y sus grandes servicios y, por último, le libera de su compromiso de vasallaje. Cildadán le agradece su gesto y vuelve a comprometerse con Lisuarte, reafirmado su lealtad. Todos alaban la decisión de Lisuarte, sobre todo Cuadragante, que no podía sufrir el ver a su sobrino y rey y a sus compatriotas sometidos a un país extranjero.
Lisuarte le pregunta a Cildadán sobre sus planes. El irlandés le responde que se queda para ayudar a su tío a conquistar el Señorío de Sansueña. Lisuarte le ofrece hombres de apoyo, pero Cildadán declina la oferta, pues piensa que sus hombres son suficientes para este menester.
Lisuarte y su gente se van. Amadís y Oriana los acompañan durante una jornada y luego retornan a la Ínsula Firme. Como el reino Arábigo es colindante con Sansueña, Cuadragante y Bruneo acuerdan ir juntos y ayudarse en sus respectivas conquistas. Galaor y Dragonís deciden ir juntos para conquistar la Profunda Ínsula. Galvanes les ofrece su ayuda y aportará tropas de Mongaza. Se van Galaor, Briolanja, Dragonís, Galvanes y Madasima.
Amadís le pide a Agrajes que se quede con él, pero el escocés decide partir con sus tropas en apoyo de Bruneo. también se apuntan a la expedición Brian y Angriote de Estravaus. Así, Bruneo parte con sus amigos y con tropas de España, Escocia, Irlanda, Bohemia y Gaula, amén de los hombres del marqués de Troque, su padre.
Le piden a Grasandor que se quede con Amadís y le sirva de compañero, cosa que hace con pena, pues su deseo era unirse a los expedicionarios. Pero su estancia en la Ínsula Firme no será ociosa. En colaboración con Amadís hará grandes cosas, como veremos.
Cildadán, que tanto aprecia a Cuadragante, porfía por acompañarle en su empresa, pero su tío no se lo permite y le convence para que vuelva a Irlanda, con su esposa la reina, y para dar las buenas nuevas a sus súbditos.
Gastiles ya había enviado a las tropas imperiales de vuelta a Constantinopla al mando de Saluder. El sobrino del Emperador de Constantinopla se había quedado para ver el final de la aventura e informar cumplidamente y de primera mano a su tío. Ahora le pesa haber despedido a sus tropas y no poder apoyar a Bruneo y Cuadragante. Él mismo se ofrece para luchar junto a ellos. Amadís declina su oferta. Le dice que ya ha hecho mucho por ellos y es preferible que vuelva a Constantinopla para agradecer al Emperador su ayuda y transmitirle la lealtad y gratitud de los insulofirmeños. Le manda recuerdos para Leonoreta y Menoresa y decirles que no olvida su promesa de enviarles un caballero de su linaje para que las sirva. Gastiles se despide y vuelve a su patria.
Perión y su esposa también emprenden el camino de vuelta a Gaula.
Una gran flota parte a la conquista de Sansueña y el reino Arábigo. En la Ínsula Firme quedan Amadís, Oriana, Grasandor, Mabilia, Melicia, Olinda y Grasinda. También lo hacen Esplandián, el rey de Dacia y los otros donceles, a la espera de ser nombrados caballeros.
El resto de reyes y señores también se preparan para volver a sus países. Antes se reunen para decidir el destino del rey Arábigo, de los caballeros de Sansueña y del resto de prisioneros. Amadís le dice a Lisuarte que si tiene intención de partir pronto, lo haga en cuanto quiera, sin más compromiso. Lisuarte le agradece su hospitalidad pero, efectivamente, desea retornar a Gran Bretaña. Amadís le dice que decidirá sobre el destino de los prisioneros con ayuda de Perión.
Lisuarte, antes de marcharse, se reune con todos los caballeros en la gran sala del alcázar. Ante toda la concurrencia, se dirige a Cildadán. Le agradece su lealtad y sus grandes servicios y, por último, le libera de su compromiso de vasallaje. Cildadán le agradece su gesto y vuelve a comprometerse con Lisuarte, reafirmado su lealtad. Todos alaban la decisión de Lisuarte, sobre todo Cuadragante, que no podía sufrir el ver a su sobrino y rey y a sus compatriotas sometidos a un país extranjero.
Lisuarte le pregunta a Cildadán sobre sus planes. El irlandés le responde que se queda para ayudar a su tío a conquistar el Señorío de Sansueña. Lisuarte le ofrece hombres de apoyo, pero Cildadán declina la oferta, pues piensa que sus hombres son suficientes para este menester.
Lisuarte y su gente se van. Amadís y Oriana los acompañan durante una jornada y luego retornan a la Ínsula Firme. Como el reino Arábigo es colindante con Sansueña, Cuadragante y Bruneo acuerdan ir juntos y ayudarse en sus respectivas conquistas. Galaor y Dragonís deciden ir juntos para conquistar la Profunda Ínsula. Galvanes les ofrece su ayuda y aportará tropas de Mongaza. Se van Galaor, Briolanja, Dragonís, Galvanes y Madasima.
Amadís le pide a Agrajes que se quede con él, pero el escocés decide partir con sus tropas en apoyo de Bruneo. también se apuntan a la expedición Brian y Angriote de Estravaus. Así, Bruneo parte con sus amigos y con tropas de España, Escocia, Irlanda, Bohemia y Gaula, amén de los hombres del marqués de Troque, su padre.
Le piden a Grasandor que se quede con Amadís y le sirva de compañero, cosa que hace con pena, pues su deseo era unirse a los expedicionarios. Pero su estancia en la Ínsula Firme no será ociosa. En colaboración con Amadís hará grandes cosas, como veremos.
Cildadán, que tanto aprecia a Cuadragante, porfía por acompañarle en su empresa, pero su tío no se lo permite y le convence para que vuelva a Irlanda, con su esposa la reina, y para dar las buenas nuevas a sus súbditos.
Gastiles ya había enviado a las tropas imperiales de vuelta a Constantinopla al mando de Saluder. El sobrino del Emperador de Constantinopla se había quedado para ver el final de la aventura e informar cumplidamente y de primera mano a su tío. Ahora le pesa haber despedido a sus tropas y no poder apoyar a Bruneo y Cuadragante. Él mismo se ofrece para luchar junto a ellos. Amadís declina su oferta. Le dice que ya ha hecho mucho por ellos y es preferible que vuelva a Constantinopla para agradecer al Emperador su ayuda y transmitirle la lealtad y gratitud de los insulofirmeños. Le manda recuerdos para Leonoreta y Menoresa y decirles que no olvida su promesa de enviarles un caballero de su linaje para que las sirva. Gastiles se despide y vuelve a su patria.
Perión y su esposa también emprenden el camino de vuelta a Gaula.
Una gran flota parte a la conquista de Sansueña y el reino Arábigo. En la Ínsula Firme quedan Amadís, Oriana, Grasandor, Mabilia, Melicia, Olinda y Grasinda. También lo hacen Esplandián, el rey de Dacia y los otros donceles, a la espera de ser nombrados caballeros.
sábado, 15 de enero de 2011
Libro IV, Capítulo 126 (2 de 3)
Urganda habla con Esplandián. Le encomienda a los dos donceles, Talanque hijo de Galaor y Maneli, hijo de Cildadán. Le serán imprescindibles en sus futuras aventuras. Y le regala la sierpe que guarda en su interior el caballo y las armas que usará cuando sea caballero y le servirá como nave y refugio para evitar tempestades y adversidades. Por su causa, en el futuro Esplandián será conocido como el "Caballero de la Gran Serpiente". Luego le dice una profecía acerca de las letras que lleva grabadas en su costado izquierdo y sobre la batalla librada de la bandada de cuervos contra el aguilucho y la intervención del halcón neblí.
Por último, Urganda se dirige al resto de damas y caballeros para despedirse. Promete volver cuando nombren caballeros a Esplandián y a sus dos nuevos compañeros y hacer nuevos vaticinios. Les deja sendos anillos a Oriana y Amadís para que les protejan de los encantamientos de Arcalaus, que sigue preso. Le encomienda a amadís que no lo mate, que lo mantenga prisionero en jaula de hierro para que así muera muchas veces y pague sus maldades.
Amadís quiere agradecerle sus favores de algún modo. Ella le responde que ya se sintió recompensada cuando Amadís le devolvió sano y salvo a su amado caballero (en el castillo de la Calzada, cuando armó caballero a Galaor).
Urganda monta en su palafrén y cabalga hacia el batel donde le esperan los enanos. Navegan hacia la sierpe y se introducen en ella. Surge un humo tan negro que nada se divisa en cuatro días. Cuando se disipa, la sierpe sigue ahí, pero Urganda ya se ha marchado.
Libro IV, Capítulo 126 (1 de 3)
Pasados los festejos de boda, Urganda convoca a todas las damas, doncellas y caballeros para explicarles su presencia. Los reune en una gran sala del alcázar. Mientras espera a que se haga el silencio, se sitúa al frente de la sala de la mano de sus dos donceles. Inicia el discurso declarándose sabedora de las muchos acontecimientos pasados y si no ha intervenido ha sido para no interferir en los designios divinos. Recuerda como a varios de los presentes les vaticinó lo que les iba a pasar, aunque lo hizo de manera encubierta. Ahora va a desvelar sus acertijos: A Oriana, en Fenusa, le predijo que iba a ser raptada por el León de la Isla Dudada que la devoraría y se saciaría con su carne. Ese león es Amadís, tan fuerte y bravo, que provine de la Ínsula Firme, tan llena de cuevas y escondrijos que bien puede ser llamada la Ínsula Dudada. Efectivamente, Amadís la raptó arrebatándosela a los romanos y ha disfrutado de sus carnes...
A Amadís le dijo durante la batalla contra el rey Ardán que daría su sangre por la ajena. Así fue, pues Amadís luchó en favor de sus amigos Angriote y Arbán de Norgales.
A Lisuarte le recuerda sus profecías sobre Esplandián, criado con tres leches: de leona, oveja y mujer. Le recuerda como le vaticinó que Esplandián pondría paz entre Amadís y Lisuarte. También habla de la profecía que le dijo a Lisuarte cuando el rey entregó a Oriana a los romanos. Pero Urganda no quiere recordarle tanta desgracia y muerte que supuso esa desafortunada decisión y no insiste en rememorarla.
Urganda no sólo recuerda sus vaticinios pasados. También tiene novedades. Coge a sus dos donceles y los presenta: son Maneli el Mesurado y Talanque. Se los presenta especialmente a Galaor y Cildadán sin desvelar, al principio, que son sus hijos. Vaticina sus futuras hazañas que les rehabilitarán de su condición de hijos fuera de matrimonio. También deja entender que ella, Urganda, es estéril.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Libro IV, Capítulo 125 (2 de 2)
Oriana se reune con Melicia y Olinda. juntas contemplan la figuras y sus nombres grabados en el jaspe. Vean a Grimanesa y su belleza les impresiona tanto que dudan que ninguna otra pueda entrar en la Cámara Defendida. Se quedan un rato embelesadas por lo que ven. Pero al poco tiempo caen en la cuenta de que las esperan fuera y salen juntas. Van tan alegres que a la concurrencia le parece que son más hermosas que como entraron. Sus respectivos maridos van a su encuentro. Todos juntos van a la Cámara Defendida. Grasinda también quiere probarla. Amadís les pide a Olinda y Melicia que la acompañen.
[...]
Grasinda entra en la Cámara encomendándose a Dios. Supera el padrón de cobre pero es detenida ante el padrón de mármol. Allí nota como le tiran de sus largos cabellos y es expulsada del sitio. Cuadragante la recoge. Está tan enamorado que no le importa el resultado de la prueba.
Olinda, de la mano de Agrajes, se dirige a la Cámara. Supera el padrón de cobre y alcanza el de mármol sin sobrepasarlo. También es expulsada.
Le toca a Melicia. Supera los padrones de cobre y mármol. Todos creen que llegará hasta la Cámara. También lo piensa Oriana, toda demudada. Pero da un paso más y Melicia es expulsada como las otras. Bruneo pena por ella, otros ríen disimuladamente.
Por último, llega el turno de Oriana. Camina con pasos sosegado y rostro honesto. Supera si dificultad los dos padrones. A un paso de la entrada a la Cámara empieza anotar muchas manos que le impiden avanzar. Ella porfía por penetrar en la Cámara. Alcanza por fin la entrada, muy cansada. Se agarra a la jamba. De pronto aparece un brazo que hace señas a madís para que la acompañe. Una voz dice: "Por fin una belleza ha vencido a Grimenesa y un caballero ha superado a Apolidón". El brazo tira de Oriana y la introduce en la Cámara Defendida.
Ysanjo declara que desde ese momento todos los encantamientos de la Ínsula Firme han sido deshechos.
Luego llegan las felicitaciones. Continúan los festejos de boda. Comen y cenan.
Aposentan a los recién casados en ricas alcobas. Esa noche, las doncellas pasan a ser dueñas... y las que ya eran dueñas, no menos placer obtuvieron de sus recién estrenados maridos.
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